Copyright © Todos los derechos reservados | este template fue hecho con por Unipymes

Próximo Evento:

PRIMEROS APUNTES MISIONEROS

México profundo, sin superficie de tan interior, subterráneo y lleno de lágrimas desconocidas! (José Revueltas, El luto humano, 1943).

Escapé de Italia (el 3 de marzo), escapé de España (el 8 de marzo) y aquí estoy en un pequeño pueblo del estado de Jalisco, a unos 20 km de Guadalajara, perdido en la geografía mexicana. El avión hizo una parábola para llegar desde España hasta México. Fue una intuición, sólo se puede hablar de este país con parábolas. Así que te voy a compartir mis primeros apuntes de esta nueva etapa de mi vida misionera tras haber pasado algo menos de cuatro años en España, más o menos lo mismo en Kinshasa (RDCongo) y unos quince en Costa de Marfil.

Antes de nada, le agradezco a Dios que me he sentido muy acompañado por Él en este tiempo tan incierto para la humanidad, acosados por un virus que ha subrayado las maravillas de unos y las intransigencias de otros. Yo tuve la gracia de sentirme acogido, en familia en una comunidad intercultural (oromo, kikuyu, lombardo y maño). ¡Menuda mezcla! Me sentí rápidamente como en casa, querido y esperado, que no es poco.

Como el COVID-19 ya había hecho su aparición en México desde el 27 de febrero, mi inserción en el país la he tenido que ir haciendo leyendo novelas, artículos y los diarios de la comunidad de la Consolata. Aunque mis hermanos hicieron lo que pudieron para presentarme algunas familias y realidades de nuestra presencia, todo ha sido a cuentagotas.

Una de mis expectativas se vio frustrada a las primeras de cambio. Los misioneros de la Consolata tenemos dos comunidades en México que están a más de 1.300 km de distancia por lo que sólo se ven dos veces al año. ¡Y una de ellas, la habían fijado a los diez días de mi llegada! Así que todos nos fuimos al aeropuerto para viajar a Tuxtla, en el estado de Chiapas, donde se encuentra la otra comunidad. Y, Paolo, el superior de la Delegación que acababa de llegar de Estados Unidos y yo… ¡no pudimos viajar!

Como llevábamos menos de 15 días en el país, el día anterior al viaje, el Presidente del país sacó una orden según la cual no podíamos viajar por prevención. No hay mal que por bien no venga. Hicimos la reunión por Skype y nos tuvimos que organizar con Paolo, otro recién llegado, para ponernos las pilas para las cosas prácticas de casa. Así es la misión, hay que saber gestionar los imprevistos… y aprovecharse de ellos. Transformar los obstáculos en oportunidades.

El lugar donde vivo tiene unos 1.300 habitantes. Parece bastante tranquilo. Es una población que lleva muchos años aquí y, como todo pueblo chiquito, los chismes corren con facilidad de un lugar para otro. Así que, aunque yo no conocía a la gente, ellos enseguida me conocieron. Les he visto muy cercanos a nosotros porque los misioneros que más tiempo han pasado aquí han dado un sincero testimonio de cercanía y sencillez. Me llamó la atención, por ejemplo, que la población local colaboró activamente en la construcción de la casa donde yo vivo.

Los misioneros tenemos aquí la responsabilidad de acompañar unas comunidades que están a unos seis kilómetros de nuestra casa. Los llaman “fraccionamientos”, se trata de complejos urbanísticos construidos hace unos siete u ocho años para albergar familias que trabajan en la ciudad, en Guadalajara. Hay un fraccionamiento de mil familias y otro de unas nueve mil. Poco os puedo hablar todavía de ellos porque desde que llegué sólo pude celebrar una eucaristía allá. Después, la prevención y las autoridades sanitarias y religiosas nos obligaron a retransmitir la eucaristía por Facebook. Menos mal que hay uno en casa que sabe un poco de esa red social porque yo le tengo más bien manía por su falta de seriedad con la gestión de la privacidad. Paz y bien. Ahora resulta que la piedra que deseché se ha convertido en piedra angular para poder llegar a muchas personas en sus casas.

Otro ámbito de encarnación de la comunidad es el acompañamiento psicológico y espiritual. No en vano, dos de los misioneros son psicólogos. Es una realidad que siempre ha estado en mi vida. Últimamente la puse mucho en práctica en Costa de Marfil, así que me alegro de poder aportar también en este campo. De todas formas, reconozco que por el momento todo esto son sólo deseos porque el COVID-19 nos tiene a todos en casa. Pero ya llegarán tiempos mejores y seguro que podré aportar también acompañando a jóvenes y familias para ser mejores humanos y más proféticos.

Ciertamente, lo que más me ha impresionado de esta realidad ha sido la cercanía y amabilidad de sus gentes y las terribles noticias que leo cada día de la violencia que hay en el país con una media de ochenta homicidios ¡diarios! No me ha tocado vivir de cerca esta violencia, pero en los momentos de compartir con los hermanos, ellos sí que cuentan situaciones terribles que están acompañando. Por eso creo que efectivamente ese ¡México profundo, sin superficie de tan interior, subterráneo y lleno de lágrimas desconocidas! Es todo un mundo por descubrir que se va a ir abriendo poco a poco ante mis ojos. Otras realidades están ahí: el narcotráfico, los migrantes, el machismo, el alcoholismo, los abusos… Por el momento, tan apenas he tenido contacto con ellas pero llegará el momento de estar ahí. Seguimos caminando.

Ramón Lázaro Esnaola, IMC